
Del crepúsculo y otros espejos
“Estamos hechos de la misma madera que nuestros sueños”. La sentencia, atribuida a William Shakespeare, era citada a menudo por Borges, segura fuente de inspiración de la artista Eloísa Ibarra. ¿Pero a qué clase de sueños refiere esta instalación? ¿Ensoñaciones poéticas creativas como quería Gaston Bachelard? ¿Remanentes diurnos y deseos reprimidos como explica el psicoanálisis? ¿Fenómenos psíquicos complejos reexhibidos bajo una nueva luz más racional y concreta?
Entretejiendo
tenues hilos del alma
sueña la vida.*
Cada una de las ocho almohadas blancas que se exhiben en la pared llevan incrustados ocho cofres o cajitas negras, en cuyo interior se guardan y exhiben objetos pequeños concebidos en papel, piedra, metal, tela, vidrio y azogue. Objetos rescatados de algún sitio recóndito.
La manera en que estos simples elementos aparecen dispuestos en el mínimo espacio que los cobija sugiere un orden anterior, apenas entrevisto: una narrativa no lineal, sibilina, en la que campean sensaciones contradictorias de frío y calor, de dolor y dulzura, de sosiego y extravío. En la pared opuesta, enfrentados a estas almohadas y sus cajitas, ocho estampas registran un contrapunto, una traducción de lenguajes, donde el grabado, pulcramente desasido de su tradición secular, sirve como depositario de sintaxis especulares. Como si los mismos elementos de las cajitas hubieran –de alguna extraña manera indirecta o diferida– servido para imprimirse en el papel y así forjar otra imagen de sí mismos: los clavos podrían haber perforado la lámina blanca que tienen enfrente y las finas telas haber impactado con tinta china para concebir una suerte de raigambre sutil y laberíntica. No se trata de un proceso exacta-mente especular, sino de una distancia reflexiva en la que interviene, literal y físicamente, el observador. Este viene a quedar entrampado entre las dos líneas de fuego –o de miradas– que se desatan de pared a pared. A la inversión del orden producida por el método de estampación –de la matriz al papel cambia la dirección derecha-izquierda del dibujo– se suma esta oposición de plano y volumen y una tercera instancia más, culminante: un libro que contiene ocho haikus y ocho pequeñas estampas. Los textos breves de métrica exacta que ha escrito Ibarra se dejan leer en forma secuencial como enunciados, o más precisamente, como coordenadas poéticas que iluminan la imagen grabada en las páginas del libro.
Viejos fantasmas
encuentran un espacio
donde habitar.
El recurso literario agrega a la instalación un movimiento en el tiempo, sincopado y elíptico como en algunas situaciones oníricas. Ocho objetos-almohada, ocho estampas y un libro constituyen diecisiete piezas: la cifra de sílabas que debe poseer un haiku. El riguroso sistema autoimpuesto por Ibarra parece informar, más que una línea de pensamiento simbólico o una estética en particular, una fidelidad emotiva. Hay mucho de Nelson Ramos en esta muestra, pero ese “mucho” es connotado –presentido– a través de ciertos colores, de cierto estilo compositivo, de una austeridad formal casi obsesiva. Homenajes callados, secretas voces, seres vislumbrados en la antesala del sueño. ¿Serán acaso estados crepusculares del alma lo que se revela en esta instalación? ¿Imágenes hipnagógicas que trasvasan las fronteras de la vigilia?
Mudos susurros
de sombras olvidadas
sobre la almohada.
Pablo Thiago Rocca
* Los haikus citados pertenecen a E. Ibarra

[...] Eloísa Ibarra activa la imaginación del visitante con mínimos (y suficientes) elementos visuales para invitar a la serena reflexión sobre la condición humana en un mundo convulsionado por la interminable violencia cotidiana.
Nelson Di Maggio
Diario La República
19 de marzo de 2007



