La primera obra que conocí de Eloísa Ibarra se ubicó en el parque que rodea el lago creado por la represa de Palmar. Se trata de un homenaje a su maestro Nelson Ramos. Importa aclarar que es un homenaje entrañable, lejos de todo grandilocuente ceremonial. La escultura es una forma prismática en hormigón, con relieves y perforaciones que no alteran la pureza volumétrica del cuerpo. Atravesando verticalmente se dibuja una franja blanca que es casi una reliquia. Parece extraída de ensamblajes e instalaciones que el formidable maestro atravesaba con un trazo similar. Como una acumulación de bidones metálicos negros atravesados por la referida franja blanca. Una instalación de sillas negras exhibidas con cuidadoso descuido era atravesada por otra franja blanca. La obra es sin duda una pieza escultórica. Sucede que, por la cercanía afectiva entre quien es homenajeado y quien escribe, la mirada conlleva un sentimiento de empatía que permite imaginar posibilidades sorprendentes. Esa mirada, mi mirada, reduce la escultura al tamaño de un objeto pequeño, y el que contempla la ubica casi como un profano altarcito doméstico. Ya no está en el parque, contra el fondo del lago y de algunos árboles nativos, se ha ido ubicando, mansamente en una hermosa esquina del alma.
Alfredo Torres
Fragmento de “La imprecisión de los límites: esculturas-objetos, objetos escultóricos”
del catálogo de la exposición Mesura y abismo, Museo Juan Manuel Blanes, 2017
